Ensayo de Filosofía
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PROYECTO
Ensayo
¿Pueden resolverse siempre las
controversias acerca de afirmaciones de conocimiento dentro de una disciplina? Responde esta pregunta comparando y contrastando
El placer y la felicidad
Nombre: Milenka Guerra
Curso: 2do. BGU “A”
Número de palabras: 2911
El filósofo se debate entre una propuesta
hedonista y otra eudemonista, en la que el hombre busca la felicidad en el
placer o encuentra la felicidad en el ejercicio de la virtud. Ser feliz, desde
y en el pensamiento filosófico, ha sido una cuestión vinculada al problema
moral, como hemos expuesto anteriormente, porque está ligada a las costumbres,
al hacer, al vivir con otros. En otro tiempo, el planteo se desliza a la
relación hombre-dios, en que lo humano es un espejo de lo divino y debe merecer
la tierra prometida, el reino de los cielos.
Epicuro y Epicteto son filósofos clásicos que tratan este tema sobre cómo
llevar la búsqueda de la felicidad con muchas coincidencias, a pesar de haber
estado lejos en vida uno del otro, y también diferencia. Con respecto al método
para lograr ser feliz ambos filósofos coinciden en ciertos puntos, siendo uno
de los más importantes el actuar después de juzgar y calcular las posibilidades
en caso de optar o rechazar una acción o algo que se nos ofrece, y las
consecuencias que nuestra decisión podría tener en el objetivo de conseguir la
felicidad. Lo mismo dice sobre el dolor, que es siempre un mal, pero a veces
vale la pena pensando en sus consecuencias si estas nos son benéficas. Con este
pasaje, Epicuro da paso a una de sus grandes propuestas, pero primero; Epicteto
coincide sobre el cuidar las decisiones para mantenerse en el buen camino,
apunta más a calcular nuestra vida y decisiones o rechazos según la prudencia,
dicha virtud que Epicuro plantea como la primera virtud porque da paso a las
demás, tomándola como servirse dentro de lo simple y no pasarse a lujos,
riquezas y fama que no son necesarios para la satisfacción propia,
principalmente porque son deseos sin límites y que nunca nos van a satisfacer,
tal y como lo expresa al decir «pues cuando una vez se ha sobrepasado la medida
ya no hay ningún límite» El verdadero placer y
felicidad no consiste en tener todo sino en desear nada teniendo todo. En mano
de los dioses, a cada individuo se le designa un rol en la vida, el cual debe
ser llevado a cabo a plena conciencia y con gozo. «Sábete que lo más importante
en cuanto a piedad para con los dioses es el tener juicios correctos respecto a
que existen y lo gobiernan todo bien y con justicia y que tú mismo has de
someterte a ello, a obedecerles y a que te parezca conveniente todo lo que
suceda y a seguirles de buen grado por actuar ellos movidos por el más noble
parecer.» Epicuro por su parte no otorga tal crédito a los dioses. Según su
filosofía, a los cuerpos celestes no se les debe ver como directores de la vida
del individuo, ni menos tenerles miedo por el posible castigo de cometer algún
acto que no siga la estructura de comportamiento divino, instaurado ya en la
sociedad. Epicteto era consciente y enfatizaba en lo efímero de la vida, esto
sobre la base de las decisiones de los dioses y el destino que le espere a cada
individuo.
Con todo, ya el acuerdo deja de ser unánime: aunque estas condiciones
son más o menos indispensables, se pueden presentar todas sin que seamos
felices; es decir, al intentar definir lo que sea felicidad estas condiciones
son necesarias, pero no suficientes. Es obvio que estas condiciones generales
son necesarias. Si un hombre vive en la miseria física y moral, si su libertad
y su dignidad de ser humano no son más que palabras, resulta hasta indecente
hablar de felicidad. Pero, la felicidad está siempre más allá de estas
condiciones generales, por ello, no son suficientes; la felicidad está ligada a
una apreciación personal, una apreciación subjetiva que varía según la
condición social, el grado de cultura, la edad, etc, y ésta es la razón por la
cual ella puede ser objeto de discusión.
Es obvio que estas condiciones generales son necesarias. Una felicidad
que exigía una mente libre de los temores, como los que inculcaba la educación
tradicional de los griegos, con sus mitos y sus dioses, y de la preocupación
por la muerte y la vida del más allá, como reiteran algunos de los mitos
filosóficos de Platón. La mente, según Epicuro, se nutre de las experiencias
que brindan las sensaciones, que son la fuente del microcosmos interior que
determina nuestras interpretaciones de lo que sentimos y anticipa nuestra
experiencia de los demás seres.
Por eso, la autarquía del pensar es el principio de la libertad.
Especialmente relevante para la actualidad es esa libertad de pensar lo que
decimos, con una mente no corrompida por una formación sectaria "padecida
en tantas escuelas, cuya misión no es formar seres humanos libres, sino
secretarios de una ideología, fanáticos de una religión". Esto supone
abandonar el mundo lejano de los dioses y de las vanas presunciones de la
mitología y de la filosofía platónica, analizando con claridad los límites de
lo que somos, los límites y mensajes de nuestro cuerpo. Pues "el cuerpo y
nuestra condición carnal son el punto de partida para la reunión y convivencia
con otros cuerpos, que arrastran cada una la historia de su lucha por
existir". Un programa modesto, que albergaba los principios de la
igualdad, la búsqueda del placer natural y una democratización del cuerpo
humano como fundamento de la posible felicidad. Una vida inteligente y sensata,
a la que había que añadir el placer de la amistad. Por ello, concluye Lledó,
"la lectura de los textos de Epicuro nos devuelve el optimismo que brota
de una inteligente mirada sobre la oculta felicidad". Si un hombre vive en
la miseria física y moral, si su libertad y su dignidad de ser humano no son
más que palabras, resulta hasta indecente hablar de felicidad. Junto a esta
tensión entre lo dionisíaco y lo apolíneo existen otros factores que determinan
lo que una sociedad entiende por felicidad. Además, en una misma sociedad, la
concepción de la felicidad cambia según las clases sociales. La sociología nos
enseña que existe un umbral de miseria por debajo del cual el individuo ya no
tiene ninguna idea de lo que se puede llamar felicidad.
Esta relatividad de las concepciones acerca de la felicidad explica, en
gran medida, el halo de oscuridad que envuelve esta noción. Pensar que la
felicidad puede llegar a acabarse es viciar el momento feliz que vivimos, con
la angustia de que cesará. Este carácter temporal permite distinguir entre
felicidad y placer. La felicidad es, por el contrario, la tonalidad global de
toda una vida, al menos de un período de ésta y, paradójicamente, es poco común
que la felicidad sea vivida como un presente que se eterniza. Si la desdicha
entraña el repliegue sobre sí mismo y aguza la conciencia de sí, el hombre
feliz generalmente se deja vivir sin darse claramente cuenta de su estado, sin
interrogarse acerca de la naturaleza de su felicidad. Contrastamos la felicidad
pasada con las desgracias presentes, y nuestro pasado, decantado por la
memoria, se ve revalorizado. Es entonces en el futuro que proyectamos nuestra
felicidad. La banalidad cotidiana, ni feliz ni infeliz, llena de tareas
monótonas, se desenvuelve bajo el modo del aburrimiento, de la distracción o de
la espera. Arrastrada por la huida del tiempo, rechazada en el pasado,
proyectada en el futuro, la felicidad parece, en efecto, difícil de captar. En la tradición
poética griega, así como en el Gorgias platónico, algunos hombres, por su
excepcional virtud, podían también llegar a ser habitantes de las Islas de los
Bienaventurados, pero la filosofía griega, desde Sócrates a Epicuro, alcanzó
una mayor precisión de ese concepto de felicidad humana.
El análisis de algunos
textos de la Apología de Sócrates y de la Ética a Nicómaco le permite a Hadot
descubrir esa concepción de la felicidad como el goce de los breves momentos en
que el hombre alcanza lo divino y se halla en perfecta armonía consigo mismo.
Para Hadot, sin embargo, los textos más elocuentes se hallan en las Enéadas,
donde Plotino afirma que el alma no se contenta con contemplar lo divino, sino
que es feliz cuando se une amorosamente con el Bien. Un goce y un hedonismo que
desaparece con el estoicismo y su identificación de la felicidad, no con el
placer, sino con la virtud. Y, en este sentido, Epicuro invierte el rigorismo
de los estoicos, considerando sabio al hombre que admira la serenidad de los
dioses y vive como ellos. El amor a los dioses es amor a su belleza y
perfección, despreocupándose de los asuntos políticos y de los temores humanos.
El modo de vida es
concebido como una categoría económica y sociohistórica, que incluye la vida
espiritual y es utilizada para designar el conjunto de actividad vital,
socializada y sistemática que realizan los hombres para la satisfacción de sus
necesidades en sus distintos niveles de interacción social y grupal
condicionados por la formación socioeconómica imperante. Así que para saber aun
más del tema se supone saber ¿Cómo es posible saber si una persona cumple con
un rol de placer o felicidad?
El modo de vida como
actividad vital sistemática de la comunidad, se transforma de forma
relativamente inmediata y ajena a la voluntad de los hombres, lo cual está
determinado por los cambios en las condiciones de vida que generan las
relaciones de propiedad, jurídicas, morales y estéticas. No obstante, se hace
necesario precisar que sería erróneo creer que el modo de vida de la comunidad
y las personas siempre evoluciona hacia la incorporación de actividades
favorables para la salud.
De hecho, Epícteto,
llamado de Frigia por la ciudad de la que era originario nació allí, hoy
Turquía, en el año 55, vivió en Roma como esclavo. Su amo, que había servido al
emperador Nerón, le procuró educación. Más tarde, el emperador Domiciano ordenó
su exilio, junto a otros pensadores, y Epícteto se trasladó a Nicópolis, en
Grecia, donde fundó escuela propia. Dicen los historiadores de la época que se
ganó respeto y más fama que el mismo Platón, uno de los filósofos clásicos más
influyentes. Desde el punto de vista
estoico, la búsqueda de la felicidad o eudaimonía es el centro de la vida, a
partir del cultivo de la virtud y del autoconocimiento. Por virtud, se entiende
descartar lo superficial para adentrarse en lo racional, el desapego y los
buenos sentimientos. Es la racionalidad lo que permite a la persona vivir con
consciencia y aceptación del destino. Solo con un comportamiento adecuado
podemos ser más felices: diferenciando lo que podemos cambiar para mejorar, y
aceptando lo que no podemos cambiar, para vivir con ello en paz. Siempre aprendiendo, creciendo como
individuos, podremos tener una vida plena. "Si hablan mal de ti, y es
verdad, corrígete a ti mismo; si es una mentira, ríete de ella". Esta
tercera de las frases de Epicteto para dejar de sufrir nos habla de la importancia
que solemos dar a lo que los demás dicen sobre nosotros. No obstante, ante esto
es importante actuar con prudencia e inteligencia.
Un claro ejemplo es el
aumento del nivel de vida por el incremento salarial, que no siempre
desencadena actividades para proteger la salud ya que con él pudiera
incrementarse el consumo de café, cigarro, alcohol, alimentos «chatarra»,
consumo de artículos intrascendentes, etcétera. La estructura económico-social
y el grado de desarrollo de la cultura en cada lugar y época histórica, se
expresan en la actividad humana colectiva como su modo de vida. Las
características del modo de vida de nuestra población en la década del sesenta
eran diferentes a las del setenta y a las del ochenta. Se trata pues, de
modelar el nuevo modo de vida en función de la salud y el bienestar humano. El
modo de vida y la salud también han recibido el impacto de los problemas
globales y aunque el concepto de problemas globales es de reciente creación, no
lo es parte de los problemas incluidos en este.
El placer, a pesar de
ser fundamental para la experiencia y la evolución humanas, es bastante difícil
de definir. Aristóteles argumentó que lo que se llama placer se compone de al
menos dos aspectos distintos, hedónica y eudaimonía. La investigación de Kringelbach
sobre cómo funciona el placer en el cerebro busca encontrar las conexiones
entre experimentar placer hedonista y vivir una vida eudaimonia. Cuando una
persona se encuentra bien, describió, «existe un sistema de toma y daca entre
diferentes regiones del cerebro que produce experiencias de placer que
contribuyen acumulativamente a la sensación de bienestar». Pero existen «las
imperfecciones en los mecanismos que gobiernan el placer en el cerebro que nos
dejan susceptibles a condiciones como la adicción, una fijación malsana en la
búsqueda del placer o la depresión, en las que tanto el deseo de placer como el
placer en sí se ven significativamente disminuidos». Kringelbach recordó que
para Aristóteles «el objetivo de la vida humana era vivir bien, prosperar y, en
última instancia, tener una buena vida». Se trata de objetivos que encierran la
propia palabra «eudaimonia» que es «un concepto distinto de hedonia». Entre
otros aspectos el arte juega un papel en el bienestar y la eudaimonía. El
placer es una forma de experimentar el mundo sensorial. Al ver, oír, oler o
saborear algo que consideras como placentero, la información pasa a través de
las cortezas sensoriales del cerebro. Pero ahí no es donde está codificado el
placer. Así, el placer no es meramente una sensación o un pensamiento. Es
importante destacar que el placer consiste en ciclos de deseo, gusto y
aprendizaje. El ciclo del placer comienza incluso antes de que ingieras tu
primer sorbo.
De igual manera es
necesario redactar lo que alguna vez dijo Aristóteles sobre el placer, lo
primero que llama la atención al abordar el estudio del placer en Aristóteles
es la poca extensión consagrada al tema dentro de su inmensa obra, en contraste
con el elevado rango ontológico que le asigna. Los tres primeros argumentos que
Aristóteles esgrime contra la tesis de Espeusipo apuntan a herir su corazón
metafísico, visible en el primer argumento de los partidarios de que «ningún
placer es un bien». Sin embargo, desde el punto de vista ético, se reconquista
en Aristóteles en forma potenciada por una vía alternativa, lo que se había
ganado en el Filebo y perdido de nuevo con Espeusipo, o sea, la posibilidad de
una conciliación entre placer y bien.
La era de la simulación se caracteriza por ser una era pornográfica,
pues disfrutar es la exigencia fundamental. Concluimos que el principio de la
ética utilitarista es el principio ético regulador de las relaciones sociales.
Nos referimos al dogma utilitarista o también denominado principio de la
felicidad. Epicuro propone la ponderación de las consecuencias del actuar
difiriendo el placer presente en aras de la no aparición de un futuro dolor. No
es el hedonismo epicúreo el que requiere ser limitado por la razón ya que el
placer se autoconstruye desde la physis humana. Es el consecuencialismo,
incipiente en Epicuro, el que requiere bridas racionales por las consecuencias
de las elecciones. De modo tal que si fuera posible vivir en el puro presente,
sin transcurrir de tiempo, ningún placer habría de ser rechazado, ni ningún
dolor asumido.
El placer y la felicidad árabes pueden ser muy diferentes y a la vez pueden ser muy similares, en nuestro día a día vimos estos sentimientos con una gran fuerza, ya que estás emociones son constantes en el ser humano. Se puede llegar a reconocer con gran facilidad estás emociones en alguna persona ya que no disimulan estos sentimientos en sus rasgos físicos, en su manera de actuar, es su manera de hablar, en su manera de comportarse con otras personas o de socializar. El placer y la felicidad son indispensables para que alguien pueda vivir con libertad, no es posible actuar sin estás emociones o sentimientos, por esta razón sin estos sentimientos no podríamos estar respirando o simplemente viviendo, ser feliz y sentir placer es lo que mantienen con vida al mundo, a la sociedad, a las culturas.
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